A fines de 1986, gracias a una misión del Ministerio de Investigación y Tecnología, tuve ocasión de hacer a mi vez el viaje-a-Japón. Peregrinación casi obligada del buen hombre moderno, muy especialmente si pretende ocuparse de la industria, las tecnologías y el trabajo; al aterrizar en Tokio, tenía en la cabeza los mil y un retratos sobre ese país, cuyas virtudes cantaban en el Oeste. [...]
A bordo de un automóvil, un amigo japonés, que va al volante, y yo circulamos por una autopista. A la derecha, una gasolinería con las bombas de gasolina suspendidas, como a menudo ocurre en Japón, para ahorrar espacio. Mi amigo detiene su vehículo junto a las bombas para llenar el tanque. "Baja", me dice, y él sale del automóvil para ir a la caja. Tres personas se precipitan hacia nosotros. Dos hombres con batas azules y una mujer con bata blanca. Uno de los dos hombres rocía con agua el coche y luego lo seca mientras el otro pasa una aspiradora por el interior, por los asientos y la alfombra. En el mismo intervalo de tiempo, la mujer se ha hecho cargo de los ceniceros, los ha vaciado, ha quitado el polvo del tablero y ha lavado con agua y secado con aire los tapetes.
Cuando mi amigo vuelve al volante, el primer hombre, casi en posición de firmes, lo saluda y expresa su agradecimiento por haber elegido aquella gasolinería, mientras el segundo se ha adelantado a la autopista y disminuye la velocidad del tráfico para permitir que mi amigo emprenda el camino sin peligro.
Toda esta escena duró sólo el tiempo de llenar el tanque de gasolina y de que mi amigo pagara con tarjeta de crédito.
Sorprendido, yo por mi parte pregunto:
-¿Siempre es así?
-Sí, es normal. Hacen su trabajo.
-¿Les diste propina?
-Claro que no. Es su trabajo...
Material didáctico para fortalecer la participación en los Foros de Geografía Económica y Política de Primer semestre de Relaciones Internacionales. SUAED-FCPyS-UNAM
viernes, 22 de febrero de 2008
viernes, 25 de enero de 2008
El Crisantemo y la Espada - Ruth Benedict
"En mi casa había una parte del jardín que se suponía salvaje [...] pero alguien estaba siempre ocupado, podando los pinos o recortando los setos, y todas las mañanas, Jiya limpiaba las piedras del camino y, después de barrer debajo de los pinos, esparcía o dispersaba agujas frescas de pino, recogidas en el bosque
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